A 35 años de un 19 de julio en Nicaragua

Era una chavala, una cipota, una chigüina a como dicen y abundaban en Nicaragua por aquellos años revueltos de finales de los 70. Durante los años 1978 y 1979, en Nicargua se dieron grandes batallas entre la guardia del dictador Anastacio Somoza, último miembro de la dinastía Somoza que dominó Nicaragua por unos 40 años.

Eran días de desaparecidos, encarcelados, asesinados y todo tipo de terror. Entre mi casa y la escuela de Achuapa, el pueblito que me vio nacer, se situaba el cuartel de la Guardia Nacional (GN). Al pasar por el cuartel solíamos ver a los soldados limpiando el arma, haciendo ejercicios o charlando. Ya para esos años mencionados, de vez en cuando traín de las comarcas uno y otro preso. Se decía que en las afueras del pueblo habían campamentos guerrilleros. La cantidad de detenidos fue aumentando de un día a otro.

“En la carretera que lleva a Río Grande y al Sauce hay un hombre quemado”, vinieron a decir un día. “En el Guayle hay campamentos guerrilleros”, vinieron a decir otro día.

Mi madre era una de las costureras del pueblo y sus clientes eran generalmente mujeres. Mi mamá se enteraba de diferentes noticias, gracias a sus clientas que la mantenían al tanto. La iglesia del pueblito era otro lugar donde los achuapeños y las achuapeñas iban a intercambiar noticias después de la misa. Me parece que más que antes y después, durante la guerra se iba más a menudo a la iglesia.

En casa se mantenía abierta la biblia en un salmo que pedía protección. Recuerdo una vez que volvíamos con el padre de la iglesia en una camioneta cargada de niños de una actividad religiosa en Río Grande. Sólo había llegado a mi casa y me habían dado un plato de sopa de frijoles rojos, cuando salí corriendo con el plato a tirarme al piso. Nos habían dicho que cuando escucháramos disparos, que lo más seguro era acostarse junto a la pared de ladrillo. Mi mamá cerró rápido y a como pudo las puertas de la casa, enmedio de un tiroteo. Pasamos toda la noche en el piso sin nada, esperando que todo se calmara y amaneciera.

Al día siguiente todo era calma. Por temor a pagar las consecuencias, nadie salía de sus casas. Nos dijeron que solamente un burro había muerto frente al cuartel de la guardia. Los días pasaron y de mi hermano no sabíamos nada. Sabíamos que mis primos andaban en la guerrilla porque una vez a mi tía y tío los trajeron de su finca al cuartel de la guardia y los tuvieron detenidos para que dijeran donde estaban sus hijos. Fueron días tristes. Nadie se atrevía a llevarles comida por temor a ser encarcelados. A las más pequeñas de la casa nos encomendaron esa peligrosa tarea. Cuando llevamos la comida, nos dijeron que a mi tío no le darían nada. A mi tía tuvimos que dejarle el plato de comida en el suelo como a un perro. Como no pudieron hacerlos hablar, los dejaron libres.

Un día pasó alguien diciéndole a mi mama que al parecer los guerrilleros andaban cerca y que de un día a otro se aparecerían por el pueblo. Lo más conveniente era pues preparar lo indispensable por si teníamos que escapar. Nuestra casa estaba en la misma calle del cuartel en acera contraria. Cada uno puso en una bolsa ropa para cambiar, cepillo de diente, peine y jabón.

Una madrugada a finales de junio, mi mamá se levantó como de costumbre a hacer el café para el desayuno y se encontró con un patio lleno de hombre y mujeres armados. Le dijeron que el combate estaba por comenzar y que lo más seguro para la familia era que se fuera de la casa. Mi mamá vino a despertarnos diciendo que los guerrilleros ya estaban allí. En aquel momento pensaba que los guerrilleros eran cahorros de algún animal o algo así. Qué sabía yo de guerrilla. Me levanté corriendo a ver como eran esos guerrilleros y vi jóvenes vestidos de verde y ropa obscura con pañuelos rojos en la cabeza o en el cuello y llevaban armas. Me pareció ver caras conocidas.

Cogimos las bolsas que teníamos debajo de la cama y salimos corriendo. La meta de la carrera era la casa de Tío Diego Reyes que vivía en Río Arriba. Al salir del pueblo, el camino estaba lleno, principalmente de mujeres y niños. Todos corríamos a sálvese quien pueda. Ya al atravesar el hermoso río que queda a la salida del pueblo, comenzaron los combates. Vi como un bebé cayó al agua y alguien lo salvó y se lo devolvió a su madre (la llamaban Zunilda), vi como las balas silbaban por encima de nuestras cabezas. Avanzamos casi gateando hasta llegar a la finca.

La casa de mi tío estaba repleta de gente. Entre niños y adultos (casi todos mujeres) éramos más de treinta. Las mujeres cocinaban desde la mañana hasta la noche con el consentimiento de la gran Tía Carmen. De vez en cuando se escuchaban los ruidos del combate. el 30 de junio de 1979 nos vinieron a avisar que los guardias se habían entregado y que habían sido enviados en camiones hacia Honduras. Esa era la generosidad de la guerrilleros dirigidos por Victor Hugo Tinoco.

En la tarde del 30 de junio, todo el pueblo fue citado a la iglesia, donde se nos explicó el significado de la liberación de Achuapa y Nicaragua y sobre la continuidad de la lucha.

De vez en cuando algún avión militar sobrevolaba causando pánico. Decían que en Estelí estaban bombardeando. Decían que León era un calvario y que los guerrilleros avanzaban hacia la capital, Managua.

No asistíamos a la escuela y aprendíamos a defender esa libertad del pueblo. Desde pequeños aprendimos a empuñar un arma. La comida era escasa y los muchachos, a como popularmente se les llamaba a los combatientes pedían vacas y comida a los que tenían y repartían la carne entre la gente del pueblo. En las calles casi cada noche habían fogatas y cantábamos juntos canciones de protestas y el himno del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Una tarde, al llegar a mi casa de casa de una tía, escuchamos la gran noticia de que Somoza se había ido. Muchos no comprendían como ese asesino había podido escapar del país rumbo a Paraguay. En la televisión de Doña Matilde vimos una Managua llena de gente gritando vivas a la revolución y llorando feliz por tener una Nicaragua liberada a punta de pólvora y sangre. Eran los primeros alientos de la revolución Popular Sandinista de Nicaragua que duró desde 1979 hasta 1990. Era un 19 de julio.

Triste saldo: “30 000 muertos en 7 semanas, 500 000 damnificados, 150 000 refugiados, un país en bancarrota…”

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