A Trump

Vivimos un día histórico para la humanidad entera. En unos momentos en Estados Unidos tomapará posesión como Presidente de los Estados Unidos (EEUU) el señor Donald Trump.

No podemos equivocarnos al afirmar que lo que este magnate haga o deje de hacer como presidente repercutirá en todos los rincones de la tierra.

Leía hoy el diario el Nuevo Herald que en el gabinete de este señor Trump no hay espacio para una persona que hable español como lengua materna. Alguien dirá que eso no tiene importancia. Digo que sí la tiene, si lo que se quiere es que los votantes puedan sentir que han influido con su voto. Además, desde el punto de vista de las relaciones entre la Casa Blanca y el resto de los países del mismo continente, es necesario que exista, por lo menos, una persona en el gabinete presidencial que domine la lengua española. No es lo mismo hablar una lengua que dominarla a la perfección y tener conocimientos de lo que pasa en cada país hispanohablante.

Los hispanohablantes ya son 55 millones, representan el 17 % de la población de EEUU. Uno de cada 4 niños estaounidenses es considerado como latino. Trump ha dado la espalda a ese 29% de latinos que votaron por él. En Finlandia existe un dicho que se usa, por ejemplo, cuando un político hace trastadas y no cumple con lo que sus votantes esperaban. Me refiero a: “Se recibe lo que se ha solicitado”.

Aquí en Finlandia seguramente que hay personas que aplauden la elección y decisiones de Trump y a quienes su discurso en contra de las minorías y de la migración les ha llegado al corazón. Hoy estas personas festejan. También sé que existen muchos finlandeses y finlandesas, como millares en el mundo, que viven este día con preocupación.

Hace un rato leí de nuevo el muy actual poema del gran poeta nicaragüense Rubén Darío, titulado “A Roosevelt”. Rubén Darío escribió ese poema en 1904 y  se lo dedicó al republicano Theodore Roosvelt (1858-1919), presidente de EEUU de 1901 a 1909. Es una denuncia en contra del intervencionismo estadounidense en el resto de América.

Hoy podría dedicárselo al señor Donald Trump.

Aquí el poema:

A Roosvelt

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.

Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta…) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del gran Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

 

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